Eneida
Eneida a la que deja entristecida, y en su alada carrera va rompiendo las filas enemigas.
Y lo mismo que cuando de la cumbre de un monte
se derrumba de cabeza un peñasco
685 que el viento ha descuajado, o que descalza torrencial aguacero,
o desata minándolo el lapso de los años y aquel trozo de monte destructor
rueda como un alud al precipicio y rebota en el suelo y va arrastrando
árboles y rebaños y hombres en su carrera, así se precipita
690 Turno entre los dispersos batallones derecho hacia los muros
de la ciudad, a allí donde la tierra está más empapada
de la sangre vertida, donde zumban las brisas heridas por las lanzas.
Hace señas con la mano y prorrumpe bien alto: «Deteneos ya, rútulos,
y vosotros, latinos, no arrojéis ya más dardos.
Cualquiera que sea la fortuna de hoy, es mía.
695 Es más justo que pague yo solo por vosotros por haber roto el pacto,
y decida la lucha con la espada».