Eneida
Eneida Todos se retiraron y dejaron en medio espacio libre.
Cuando el caudillo Eneas oye el nombre de Turno
deja los muros, deja las altas torres, corta toda demora
700 y lo interrumpe todo. Exulta de júbilo, retumban con horrendo son sus armas.
Gigante como el Atos, gigante como el Érice, gigante como el padre Apenino
cuando brama batiendo sus vibrantes encinares gozoso de altear hacia los cielos
su cima alba de nieve[425]. Entonces sí que todos porfían
en volver hacia él los ojos,
705 rútulos y troyanos y los ítalos, los que guardan la altura de los muros,
los que a golpe de ariete van batiendo su base. Dejan caer
las armas de sus hombros. Hasta el mismo Latino está pasmado
de que aquellos dos hombres nacidos en regiones tan opuestas
se traben en combate por decidir su suerte con la espada.
Ellos en el instante que se abren los dos bandos