Eneida
Eneida que el olivo tenía prendida entre los dientes. Mientras tira y se obstina corajudo
toma la diosa daunia otra vez la apariencia del cochero Metisco
785 y corriendo al encuentro de su hermano le devuelve la espada.
Y Venus enojada de que a la osada ninfa se le den tales fueros,
acude allí y arranca el arma de su raíz profunda.
Y uno y otro se engallan con sus armas y reponen sus ánimos.
Fía el uno en su espada, el otro enardecido se yergue con su lanza.
790 Plantados frente a frente, jadeantes, ambos se aprestan a la lid de Marte.
Miraba, atenta Juno, la lucha desde lo alto
de una dorada nube, cuando el rey del todopoderoso Olimpo acude a hablarle:
«¿Qué fin va a tener esto, esposa mía? ¿Qué es ya lo que te queda por hacer?
Lo sabes y tú misma confiesas que lo sabes, que a Eneas lo reclama el cielo
795 como a un dios de esta tierra y los hados lo encumbran a los astros.