Eneida
Eneida siempre que se veÃan a salvo de las olas, a prender en él sus dones
a aquel dios laurente y colgar de sus ramas los vestidos que habÃan prometido.
770 Los teucros sin hacer el menor caso habÃan abatido aquel brote sagrado
por poder combatir a llano limpio. Allà estaba la lanza de Eneas,
allà la habÃa hundido con vigoroso esfuerzo y la tenÃa asida la sinuosa raÃz.
El dárdano se inclina sobre ella. Quiere arrancar el hierro con la mano
775 y acosar con el arma a quien no habÃa logrado dar alcance en la carrera.
Turno entonces frenético de espanto: «¡Fauno, te lo suplico, apiádate de mÃ,
—exclama— y tú, Tierra, la mejor entre todas, retén ese hierro contigo,
si siempre he sido fiel a vuestro culto, que en cambio los de Eneas guerreando
780 han dado en profanar!». Dice y no implora en vano el auxilio del dios.
Pues Eneas insiste y forcejea largo rato con el nudoso tronco
pero no hay fuerza en él capaz de hacer soltar la presa