Eneida
Eneida Han huido dejando sus urnas y su altar todos los dioses
en cuyo valimiento se hallaba cimentado este imperio.
Vais a auxiliar a una ciudad en llamas.
Corramos a la muerte, irrumpamos en medio de las armas enemigas.
Sólo una salvación les queda a los vencidos: no esperar en ninguna».
355 Esto enciende en furor sus pechos mozos.
Entonces, como lobos rapaces entre la negra niebla
cuando los lanza a ciegas la rabia asoladora de su vientre
fuera de su cubil en donde los aguardan con las fauces resecas sus lobeznos,
así por entre dardos, a través de enemigos, caminamos a una muerte segura.
Tomamos rumbo al centro mismo de la ciudad.
La negra noche vuela en derredor
360 ciñéndonos en su cóncava sombra. ¿Quién tendría palabras que expresaran
el estrago y las muertes de aquella noche? ¿Quién lágrimas que igualaran
a nuestros sufrimientos? Una antigua ciudad, reina por tantos años, se derrumba.