Eneida
Eneida Tal vez preguntes también por el hado de Príamo.
Cuando vio la ciudad en poder del enemigo y arrancadas de cuajo
las puertas del palacio y dentro de su casa a los griegos,
bien anciano como era, se ajusta la armadura, no usada hacía tiempo,
510 en torno de sus hombros temblorosos por la edad y se ciñe la espada ineficaz
y va a buscar la muerte en el tropel cerrado de enemigos.
En medio del palacio bajo la abierta bóveda del cielo había un amplio altar
y cayendo sobre él un vetusto laurel cuyas ramas pendían
envolviendo en su sombra a los dioses caseros. En torno del altar
515 Hécuba con sus hijas en vano apretujadas, lo mismo que palomas
que se lanzan del cielo ante negra tormenta,
allí están abrazando sentadas las estatuas de los dioses.
Mas cuando ve a su Príamo vestido con sus armas de mozo:
«¿Qué ocurrencia tan loca te ha impulsado,
pobre marido mío, a ceñirte esas armas?