La Eneida
La Eneida De todas partes acude con ganas de verle
y compite la juventud troyana en burlarse del preso.
Escucha ahora las trampas de los dánaos y por el crimen de uno
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conócelos a todos.
Pues cuando en medio del corro, turbado y sin armas,
se detuvo y miró con sus ojos las tropas de Frigia,
"¡Ay! ¿Qué tierra ahora -dijo-, qué mares me pueden
guardar o qué queda por fin para mà desgraciado,
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que no tengo siquiera un lugar con los dánaos y encima
los hostiles Dardánidas mi castigo reclaman con sangre?"
Con este lamento cambió nuestros ánimos y aplacó nuestros Ãmpetus todos.
Le pedimos que cuente de qué sangre viene,
y qué lo trae; que nos diga cuál es, prisionero, su confianza.
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