La Eneida
La Eneida de unos pasos llega hasta mis oídos, y mi padre mirando
entre las sombras: "Hijo -exclama-, huye, hijo mío, se acercan.
Puedo ver sus escudos ardientes y sus brillantes bronces."
En ese momento no sé qué numen nada favorable
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se apoderó de mi confundida y asustada razón. Pues mientras sigo
corriendo caminos apartados tras salir de las calles conocidas,
pobre de mí, Creúsa mi esposa quedó atrás, no sé si por el hado
o si se equivocó de camino o si cansada se sentó.
Nunca después volvieron a verla mis ojos. Y no miré
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atrás por si se perdía ni le presté atención hasta que llegamos
al túmulo de la antigua Ceres y al lugar a ella consagrado.