La Eneida
La Eneida buscando en la noche con mis ojos las huellas que dejamos;
el horror se apodera de mi pecho y hasta el propio silencio me asusta.
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Vuelvo de nuevo a casa por si acaso había encaminado
hacia allí sus pasos: los dánaos habían entrado y la ocupaban entera.
Trepa voraz el fuego con el favor del viento a las vigas
más altas; asoman por encima las llamas y el calor se agita en el aire.
Prosigo y llego otra vez a la casa de Príamo y a la fortaleza;
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ya estaban guardando el botín en los pórticos vacíos,
en el recinto de Juno, Fénix y el cruel Ulises,
escogidos guardianes. Aquí se amontona de todas partes el tesoro de Troya,
saqueado en el incendio de los templos, y las mesas de los dioses