La Eneida
La Eneida y las crateras de oro macizo y la ropa de los vencidos.
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Alrededor están en larga fila los niños y las madres asustadas.
Hasta me atreví a gritar entre las sombras
y llené las calles de mi voz y afligido, Creúsa
repitiendo, una y otra vez la llamé en vano.
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Buscando y corriendo sin parar entre los edificios,
se presentó ante mis ojos la sombra de la misma Creúsa,
su figura infeliz, una imagen mayor que la que tenía.
Me quedé parado, se erizó mi cabello y la voz se clavó en mi garganta.
Entonces habló así y con estas palabras me liberó de cuidado:
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