La Eneida
La Eneida arbusto que cubriera con su espeso follaje los altares,
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y veo un extraño prodigio horrible de contar.
Pues en cuanto arranco del suelo cortando sus raíces
el primer tallo, destila éste gotas de negra sangre
que ensucia la tierra con su peste. Un helado espanto
sacude mi cuerpo y mi sangre helada se me cuaja de miedo.
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De nuevo trato de arrancar una flexible vara
y de buscar hasta el fondo las causas escondidas;
y otra vez negra sangre mana de la corteza.
Dando muchas vueltas en mi corazón invocaba a las Ninfas agrestes
y al padre Gradivo, el que reina en los campos de los getas;
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