La Eneida
La Eneida que propiciasen la visión e hicieran bueno el presagio.
Mas cuando con mayor esfuerzo a una tercera vara
me pongo y de rodillas me apoyo contra la arena
(¿sigo, o me callo?), se escuchan de lo profundo de la altura
lacrimosos gemidos y sale, y llega a mis oídos esta voz:
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"¿Por qué desgarras, Eneas, a un desgraciado? Deja ya en paz a un muerto,
deja de profanar tus manos piadosas. Troya no me hizo
extraño a ti ni mana esta sangre de la madera.
Huye, ¡ay!, de esta tierra despiadada, huye de una costa tan avara,
que soy Polidoro. Aquí, atravesado, férrea me sepultó
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mies de lanzas que aumentó con agudas jabalinas:"
Entonces, agobiada mi mente por la duda y el miedo quedé estupefacto,