La Eneida
La Eneida 229
montamos las mesas y reponemos el fuego de los altares;
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de nuevo de otra parte del cielo y de oscuros escondrijos
la ruidosa turba sobrevuela el botín con sus garras,
ensucia con su boca la comida. Ordeno entonces a mis compañeros
que empuñen sus armas, que presentemos batalla a la raza funesta.
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Ejecutan mis órdenes y cubiertas por la hierba
preparan las espadas y ocultan los escudos.
Y así, cuando se lanzaron llenando de alaridos las curvas
playas, da Miseno la señal desde la alta atalaya
con el cavo bronce. Acuden los compañeros y buscan nuevos combates,
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manchar con su espada a los obscenos pájaros del mar.
Pero ni golpe alguno en sus alas ni heridas en el lomo