La Eneida
La Eneida Mas no ceñiréis de murallas la ciudad que os aguarda
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antes de que un hambre terrible y el pecado de atacarnos
os obliguen a morder y devorar con las mandíbulas las mesas."
Dijo, y llevada de sus alas, se refugió en el bosque.
A los compañeros entonces del repentino espanto se les heló
la sangre; se abatieron sus ánimos y ya no por las armas,
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sino con votos y oraciones me ordenan pedir la paz,
bien sean diosas, bien funestos pájaros y obscenos.
Y el padre Anquises desde la playa con las palmas extendidas
invoca al más alto numen e indica las honras oportunas:
"Impedid, dioses, las amenazas; dioses, alejad esta desgracia