La Eneida
La Eneida 265
y velad plácidos por los piadosos." Y de la playa la maroma
ordena arrancar y sacudir y aflojar las amarras.
Inflan las velas los Notos: huimos por las olas de espuma,
por donde nos marcaban el rumbo los vientos y el piloto.
Ya aparece en medio de las aguas la nemorosa Zacintos
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y Duliquio y Same y Néritos erizada de peñascos.
Evitamos los escollos de Ítaca, el reino de Laertes,
y maldecimos la tierra que alimentó al cruel Ulises.
En seguida también las nubosas cumbres del monte Leucate
y se muestra el templo de Apolo que asusta a los navegantes.
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Allí nos dirigimos cansados y entramos en la pequeña ciudad;