La Eneida
La Eneida desparramada; le he visto cuando los miembros devoraba cubiertos
de negra sangre y temblaban tibios aún entre sus dientes.
Mas no quedó sin castigo ni Ulises lo consintió,
ni en tan comprometida situación se olvidó el de Ítaca de sí mismo.
Pues en cuanto saciado de comida y ahogado en vino
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reclinó la vencida cerviz y se tumbó por la cueva,
inmenso, vomitando los restos en sueños y bocados
bañados en vino sanguinolento, suplicamos nosotros a los grandes
dioses y sorteando el cometido de cada cual a una y a su alrededor
nos derramamos, y con una aguda punta perforamos su ojo
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enorme, el único que se ocultaba bajo la torva frente,
del tamaño de un escudo de Argos o de la lámpara de Febo,