La Eneida
La Eneida Aretusa, con las aguas sículas se confunde en tu boca.
Según lo ordenado, invocamos a los grandes númenes del lugar y al punto
dejo atrás el fértil suelo del pantanoso Heloro.
De aquí los altos riscos y las rocas salientes del Paquino
bordeamos y aquella a quien los hados dijeron que nunca se moviera,
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Camerina, aparece a lo lejos, y los campos geloos
y Gela, llamada por el nombre de un gran río.
Luego enseña a lo lejos sus murallas la escarpada
Agrigento, un día engendradora de valientes caballos;
y llevado de los vientos te dejo a ti, Selinunte de palmas,
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y paso los crueles vados de Lilibeo con sus ocultos escollos.
De aquí el puerto de Drépano y su aciaga playa
me acogen. Y aquí, sacudido por tantas tempestades del mar,