La Eneida
La Eneida los astros de fuego, en sueños me advierte y me asusta;
y mi hijo Ascanio y el daño que hago a su preciosa vida,
a quien dejo sin reino en Hesperia y sin las tierras del hado.
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Ahora, además, el mensajero de los dioses mandado por el propio Jove
(lo juro por tu cabeza y la mía) me trajo por las auras veloces
sus mandatos: yo mismo vi al dios bajo una clara luz
entrar en estos muros y bebí su voz con sus propios oídos.
Deja ya de encenderme a mí y a ti con tus quejas;
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que no por mi voluntad voy a Italia."
Hace rato le mira mientras habla con malos ojos,
los revuelve aquí y allá, y todo lo recorre
con silenciosa mirada y así estalla por último:
"Ni una diosa fue el origen de tu raza ni desciendes de Dárdano,