La Eneida
La Eneida pérfido, que fue el Cáucaso erizado de duros peñascos
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quien te engendró y las tigresas de Hircania te ofrecieron sus ubres.
Pues, ¿por qué disimulo o a qué faltas mayores me reservo?
¿Es que se ablandó con mi llanto? ¿Bajó acaso la mirada?
¿Se rindió a las lágrimas o tuvo piedad de quien tanto le ama?
¿Qué pondré por delante? ¡Si ya ni la gran Juno
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ni el padre Saturnio contemplan esto con ojos justos!
No hay lugar seguro para la lealtad. Arrojado en la costa,
lo recogí indigente y compartí, loca, mi reino con él.
Su flota perdida y a sus compañeros salvé de la muerte
(¡ ay, las furias encendidas me tienen!), y ahora el augur Apolo