La Eneida
La Eneida la harina sagrada en las piadosas manos y el vestido suelto,
pone por testigos a los dioses de que va a morir y a las estrellas
sabedoras del destino, y reza entonces al numen justo y memorioso,
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si es que lo hay, que cuida de los amores no correspondidos.
La noche era, y gozaban del plácido sopor los cuerpos
fatigados por las tierras, y habían callado los bosques y las feroces
llanuras, cuando giran los astros en mitad de su caída,
cuando enmudece todo campo, los ganados y las pintadas aves,
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cuanto los líquidos lagos y cuanto los campos erizados
de zarzas habita, entregado al sueño bajo la noche callada.
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