La Eneida
La Eneida 200
Y fue un golpe de suerte quien les deparó el honor ansiado:
pues mientras con ánimo furioso acerca Sergesto su proa
a las rocas y se mete por dentro en una zona estrecha,
encalló el desgraciado en las rocas prominentes.
Los peñascos recibieron el impacto y contra el agudo arrecife
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los remos se hicieron pedazos y colgada quedó la proa tras el golpe.
Se alzan los marineros y se detienen entre grandes gritos
y las pértigas de hierro y los garfios de aguda punta
toman y recogen en el agua los pedazos de los remos.
Mas alegre Mnesteo y enardecido por esta misma suerte,
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con la veloz línea de sus remos y los vientos propiciados