La Eneida
La Eneida 855
sienes, y le cierra los ojos que ya vacilaban.
Un inesperado letargo había relajado apenas sus miembros,
viniéndole encima, y arrancando una parte de la popa
y el timón, lo precipitó en las líquidas aguas
de cabeza y en vano llamaba una y otra vez a sus compañeros;
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el dios levantó su vuelo como un ave a las auras sutiles.
Prosigue la flota por el mar su seguro camino
y avanza impertérrita con las promesas del padre Neptuno.
Y ya se acercaba navegando a los escollos de las Sirenas,
un día difíciles y blancos de los huesos de muchos
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(resonaban entonces las broncas rocas con la continua resaca),
cuando advirtió Eneas que el barco derivaba