La Eneida
La Eneida ni la compuesta cabellera eran ya iguales; el pecho anhelante
se hincha de rabia y el fiero corazón, y parece más grande
y no suena como mortal, porque está inspirada por el numen
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del dios, ya más cerca. "¿Dudas en tus votos y plegarias,
troyano Eneas? ¿Dudas? Pues bien, no antes han de abrirse
las grandes bocas de esta atónita casa." Y dicho esto
se calló. Un helado temblor corrió por los duros
huesos de los teucros, y saca el rey sus preces de lo hondo del pecho:
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"Febo, que siempre te apiadaste de las pesadas fatigas de Troya,
que dirigiste la mano y las flechas dardanias de Paris
contra el cuerpo del Eácida. A tantos mares que circundan