La Eneida
La Eneida Tres veces intentó poner los brazos en torno a su cuello;
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tres veces huyó de sus manos la imagen en vano abrazada,
como el viento ligera y en todo semejante al sueño fugitivo.
Ve entretanto Eneas en el fondo de un valle
un apartado bosque y las ramas susurrantes de la selva,
y el río Lete que corre delante de las plácidas mansiones.
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A su alrededor gentes innúmeras y pueblos volaban:
como las abejas cuando en la calma del verano por los prados
se posan en flores diversas y de los cándidos lirios
en torno se derraman, vibra todo el campo con su murmullo.
Se espanta Eneas, ignorante, por la visión repentina
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y pregunta los motivos, qué ríos son ésos,
y quiénes llenan sus riberas en numeroso grupo.