La Eneida
La Eneida ¡ay! ¡Qué guerra terrible entre ellas, si la luz de la vida
llegan a alcanzar, qué ejércitos moverán y qué matanza:
el suegro bajando de las laderas alpinas y la roca
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de Moneco, el yerno frente a él con las tropas de oriente!
No, muchachos, no acostumbréis vuestro ánimo a guerras tan grandes
ni volváis fuerzas poderosas contra las entrañas de la patria,
y tú más, ¡perdona tú que eres del linaje del Olimpo,
arroja las armas de tu mano, sangre mía!
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Aquél, sometida Corinto, su carro llevará victorioso
al alto Capitolio, insigne por la matanza de aqueos.
Abatirá aquél Argos y de Agamenón la Micenas