La Eneida
La Eneida Y ya enrojecía con sus rayos el mar y desde el alto éter
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la Aurora brillaba de azafrán en su biga de rosas,
cuando se posaron los vientos y se detuvo de repente todo
soplo y se esfuerzan los remos en el tardo mármol.
Y ve entonces Eneas un enorme bosque
desde el mar. Aquí el Tiber de amena corriente
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y rápidas crestas y rubio de la mucha arena
irrumpe en el mar. Alrededor y en lo alto frecuentan
aves diversas sus orillas y el curso del río
endulzando el aire con su canto y volaban por el bosque.
Torcer el rumbo ordena a sus compañeros y volver las proas
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a tierra y alegre se adentra en la corriente umbrosa.