La Eneida
La Eneida en moradas soberbias quema el cedro oloroso
mientras recorre las delicadas telas con afilado peine.
Se escuchan allí los gemidos y la furia de los leones
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que cadenas rechazan y rugen bien entrada la noche;
y los cerdos erizados de púas y los osos enfurecidos
en sus jaulas y el aullido de las sombras de lobos enormes:
a todos de su aspecto humano la diosa cruel con poderosas hierbas
los había cambiado, Circe, en rostro y cuerpos de fieras.
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Para que maravilla semejante no sufrieran los piadosos troyanos
si entraban en el puerto, ni padecieran un litoral cruel,
Neptuno llenó sus velas de vientos favorables,
propició su huida y los lanzó más allá de hiervientes escollos.