La Eneida
La Eneida A tales palabras de llioneo fijos Latino mantenía el rostro
y la mirada y no los apartaba sin moverse del suelo,
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volviendo sus ojos atentos. Y ni la púrpura bordada
distrae al rey ni le distraen los cetros de Príamo tanto
cuanto pensando está en la boda y el tálamo de la hija,
y da vueltas en su corazón al antiguo aviso de Fauno;
éste era aquel yerno venido de un país extranjero
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que anunciaba el destino y con iguales auspicios
llamado estaba a reinar, de éste la estirpe que por su valor
sería famosa y habría de llenar con sus fuerzas el orbe entero.
Contento al fin exclama: "¡Secunden los dioses nuestros planes