La Eneida
La Eneida cuando ven a lo lejos los muros y el alcázar y unos cuantos
tejados de casas que hoy el poder romano hasta el cielo
ha elevado y entonces, humildes posesiones, Evandro tenía.
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Enfilan ansiosos las proas y a la ciudad se acercan.
Justo aquel día el rey arcadio honras solemnes
al gran hijo de Anfitrión y a los dioses estaba ofreciendo
en el bosque, delante de la ciudad. Con él su hijo Palante,
con él lo mejor de los jóvenes, todos, y un humilde senado
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incienso ofrecían, y la tibia sangre humeaba en los altares.
Cuando vieron deslizarse las altas naves y a ellos entre lo negro
del bosque volcados sobre los remos en silencio,
se asustan ante la escena inesperada y se levantan todos
dejando las mesas. El audaz Palante les impide