La Eneida
La Eneida corriente y se frenó en olas calladas refluyendo,
para que a la manera de un tranquilo estanque y una plácida laguna
se tendiera la superficie de sus aguas sin resistirse al remo.
Así que apresuran el camino emprendido con rumor favorable;
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por los vados se desliza la untosa madera y se pasman las olas,
se pasma el bosque que hace tiempo no ve el brillar
de los escudos de los soldados ni el bogar de pintadas naves por el río.
Ellos fatigan la noche y el día con sus remos
y superan largos meandros cubiertos de variados
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árboles y por la plácida llanura cortan las verdes selvas.
El sol de fuego había alcanzado el centro de su órbita en el cielo