La Eneida
La Eneida de los teucros y dio un nombre a su pueblo y de Troya las armas
clavó; ahora descansa acomodado en plácido reposo.
Y nosotros, tu estirpe, a quienes concedes el alcázar del cielo,
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nos vemos abandonados con las naves perdidas (¡terrible!),
por el enojo de una sola y se nos aparta de las ítalas costas.
¿Es éste el premio a la piedad? ¿Así nos repones en el trono?"
El sembrador de dioses y de hombres, sonriéndole,
con el rostro con el que el cielo serena y las tormentas,
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libó los besos de su hija, y luego le dice:
"Deja ese miedo, Citerea, que intacto permanece para ti
el sino de los tuyos; verás la ciudad y las prometidas murallas