La Eneida
La Eneida Y le enseña asimismo el bosque del sagrado Argileto
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y le indica el lugar y le cuenta la muerte de Argo el huésped.
De aquí lo conduce a la roca Tarpeya y al Capitolio
hoy de oro, erizado entonces de zarzas silvestres.
Ya entonces la terrible santidad del lugar asustaba
a los agrestes temerosos, que temblaban por su selva y su roca.
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"Este bosque -dijo-, este collado de cima frondosa
un dios (no se sabe qué dios) los habita; creen los arcadios
haber visto al mismo Júpiter cuando en su diestra
blandía la égida negreante y amontonaba las nubes.
Estos dos bastiones además de derribados muros
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que ves, reliquias son y recuerdos de los antepasados.