La Eneida
La Eneida la esposa de Titono pudo con sus lágrimas ablandarte.
Mira qué pueblos se reúnen, qué murallas afilan
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el hierro tras sus puertas cerradas contra mí y los míos."
Así dijo con sus brazos de nieve aquí y allá la diosa
anima al que duda en abrazo suave. Él, sorprendido,
recibió la conocida llama, y un calor familiar
penetró sus médulas y corrió por sus huesos derretidos,
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no de otro modo que cuando, rota por el trueno corusco,
la chispa de fuego brillando recorre con su luz las nubes;
lo notó, satisfecha de su maña y segura la esposa de su belleza.
Habla entonces el padre vencido por amor eterno:
"¿Por qué buscas lejos las causas? ¿A dónde fue, diosa,