La Eneida
La Eneida Mientras el padre Lemnio apresura el trabajo en las costas eolias,
la luz sustentadora saca a Evandro de su humilde morada
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y el canto mañanero de los pájaros bajo su tejado.
Se levanta el anciano y reviste con la túnica el cuerpo
y anuda a sus pies las sandalias tirrenas.
Se ciñe entonces al costado y los hombros la espada tegea
colgando del izquierdo una piel de pantera que le cubre la espalda.
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Desde el alto umbral también dos guardianes
marchan delante y acompañan los perros el paso de su amo.
Buscaba el lugar y los aposentos de Eneas, su huésped,
recordando el héroe sus palabras y la ayuda ofrecida.
Y no menos madrugador andaba Eneas;