La Eneida
La Eneida y detrás los demás caudillos de Troya; el mismo Palante marcha
en medio de la formación, señalado por su clámide y sus armas pintadas,
como cuando Lucifer derramado de Océano en las olas,
al que ama Venus más que a los otros fuegos de los astros,
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asoma su rostro sagrado por el cielo y disuelve la tiniebla.
De pie quedan las madres asustadas en los muros y siguen con los ojos
la nube de polvo y la tropa de bronce reluciente.
Ellos entre las zarzas, por donde es más corto el camino,
marchan armados; se alza el clamor y en formación perfecta
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el casco de los caballos bate con su trotar el llano polvoriento.
Hay junto a la helada corriente de Cere un gran bosque sagrado,