La Eneida
La Eneida etéreas llevando sus dones, y cuando vio a su hijo solitario
a lo lejos en un apartado valle junto a las frescas aguas,
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se le apareció y le habló con estas palabras:
"Aquí tienes la ayuda prometida del arte
de mi esposo. No dudes ya, hijo, en entrar en combate
contra los orgullosos laurentes y el fiero Turno."
Dijo, y buscó Citerea los abrazos del hijo
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y enfrente colocó las armas brillantes bajo una encina.
Él, satisfecho con los presentes de la diosa y por honor tan grande,
no podía saciarse de mirar todo con sus ojos,
y se asombra, y entre brazos y manos da vueltas
al yelmo terrible con su penacho y que llamas vomita,