La Eneida
La Eneida 285
cuando partí, ni las murallas del rey Acestes.
La dejo yo ahora sin saber nada de todo este riesgo
y sin despedirme (pongo a la noche por testigo
y a tu diestra), que sufrir no puedo lágrimas de mi madre.
Así que tú, te lo ruego, consuela a la desgraciada y mira por la que dejo. 290
Permíteme llevar esta esperanza y con mayor audacia arrostraré
todos los peligros." Con el corazón estremecido vertieron
lágrimas los Dardánidas, y el hermoso Julo más que los otros,
y anegó su ánimo esta piadosa imagen de un hijo.
Dice así entonces:
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"Puedes prometerte cuanto sea digno de tus grandes empresas.