La Eneida
La Eneida arrojó a la muerte; de nada les valieron las armas
de Hércules ni la fuerza de sus manos ni el padre Melampo,
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compañero de Alcides mientras le impuso la tierra
graves trabajos. Y ahí Farón: mientras se jacta con voces vanas,
blandiendo la jabalina se la clava en la boca que grita.
Tú también, Cidón infeliz, mientras seguías a tu nuevo goce,
a Clitio, al que amarilleaban las mandíbulas con su primer bozo;
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abatido por la diestra dardania, olvidando de los amores
de los jóvenes que nunca te faltaban, digno de compasión yacerías
si no hubiera salido a su encuentro, compacta, la cohorte
de los hermanos, la progenie de Forco en número de siete y que siete dardos
lanzan; parte rebotan contra el yelmo y el escudo