La Eneida

La Eneida

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En cuanto Eneas cruzó las altas puertas,

un profundo gemido con golpes de pecho lanzaron

a los astros y resonó el lugar de triste duelo.

Él mismo, cuando vio la cabeza abatida del níveo Palante

y su cara y la herida de la lanza ausonia abierta

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y el delicado pecho, así dice rompiendo a llorar:

"¿Te me ha arrebatado Fortuna, desgraciado muchacho,

cuando empezaba a sernos favorable, a fin de que no vieras

nuestros reinos ni fueras conducido en triunfo a la sede paterna?

No había yo hecho esta promesa sobre ti a Evandro,

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tu padre, al partir cuando, abrazándome, me dejó

marchar hacia un gran imperio y temeroso me advertía

que eran hombres difíciles, combates con un duro pueblo.


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