La Eneida
La Eneida Y ahora él quizá, llevado de una vana esperanza,
hasta hace sus votos y colma de presentes los altares.
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Nosotros, a un joven sin vida que nada debe a ninguno
de los dioses acompañamos, tristes, con vana pompa.
¡Infeliz, que has de ver la muerte cruel del hijo!
¿Es éste el regreso y los triunfos que se esperaban de nosotros?
¿Es éste el valor de mi palabra? Mas no de vergonzosas
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heridas manchado la verás. Evandro, ni, como padre suyo,
habrás de desear una muerte cruel para el hijo que huye. ¡Ay de mí,
qué baluarte pierdes, Ausonia, y tú también, Julo!"
Luego que así lloró, ordena levantar el cuerpo
miserable y envía a mil soldados escogidos de todo