La Eneida
La Eneida 60
el ejército a que le acompañen en los honores postreros
y asistan a las lágrimas del padre, pequeño consuelo
en un gran duelo, aunque debido a un padre infortunado.
Otros, solícitos, tejen con varas de madroño
y ramas de encina el entramado de un blando féretro, y dan sombra
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con techo de hojas al lecho así formado.
Colocan entonces al joven en lo alto de la agreste cama;
como la flor tronchada por el pulgar de una doncella,
ya de la blanda violeta, ya del jacinto lánguido,
a la que no dejaron aún ni su fulgor ni su belleza
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y no la alimenta ya la madre tierra ni fuerzas le brinda.
Luego sacó Eneas dos vestidos de púrpura y oro