La Eneida
La Eneida Si no depositas ya confianza alguna en nuestras armas,
si tan dejados estamos y por un contratiempo del ejército
hemos caído del todo y no puede regresar nuestra suerte,
pidamos la paz y tendamos unas diestras incapaces.
Pero, ¡ay si quedase algo de nuestro antiguo valor!
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Afortunado en los afanes es para mí antes que los otros
y de egregio corazón aquel que, por no ver estas cosas,
cayó muriendo y mordió una vez el polvo con su boca.
Mas si tenemos recursos e intacta nuestra juventud
y nos queda aún la ayuda de las ciudades ítalas y sus pueblos,
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y si tanta sangre ha costado a los troyanos
su gloria (tienen también sus muertos e igual para todos
es la tormenta), ¿por qué flojeamos sin vergüenza