Candido. Micromegas. Zadig
Candido. Micromegas. Zadig De Paquita y del hermano Alhelí
EN cuanto llegaron a Venecia, mandó buscar a Cacambo por todas las tabernas, por todos los cafés, en casa de todas las prostitutas, y no lo encontró. Mandaba a diario a buscar por todos los buques y barcas: ni rastro de Cacambo. «¡Cómo!, le decía a Martín, ¡he tenido tiempo de pasar de Surinam a Burdeos, de ir de Burdeos a París, de París a Dieppe, de Dieppe a Portsmouth, de bordear Portugal y España, de cruzar todo el Mediterráneo, de pasar algunos meses en Venecia, y la bella Cunegunda no ha venido! ¡En su lugar sólo encontré a una bribona y a un abate del Perigord! Cunegunda ha muerto, sin duda; ya sólo me queda morir. ¡Ay!, más me valía haberme quedado en el paraíso de Eldorado que volver a esta maldita Europa. Tenéis razón, ¡querido Martín!, todo no es más que ilusión y calamidad.»
