Candido. Micromegas. Zadig

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LOS GENEROSOS

LLEGÓ el tiempo en el que se celebraba una gran fiesta que se daba cada cinco años. Era costumbre en Babilonia proclamar solemnemente al cabo de cinco años, a aquel ciudadano que hubiera hecho la acción más generosa. Los grandes y los magos eran los jueces. El primer sátrapa[1], encargado del cuidado de la ciudad, exponía las más hermosas acciones que bajo su mandato habían tenido lugar. Se votaba y el rey pronunciaba el fallo. Se acudía a esta solemnidad desde los confines de la tierra. El vencedor recibía de manos del monarca una copa de oro guarnecida de pedrería y el rey le decía estas palabras: «¡Recibe este premio a la generosidad, y quieran darme los dioses muchos vasallos que se parezcan a ti!»

Llegado el día memorable, el rey apareció en su trono, rodeado de los grandes, de los magos, de los diputados de todas las naciones que acudían a estos juegos en los cuales se alcanzaba la fama no por la ligereza de los caballos, no por la fuerza del cuerpo, sino por la virtud. El primer sátrapa refirió en voz alta las acciones que podían merecer a sus autores aquel inestimable premio. No habló de la nobleza con que Zadig había devuelto toda su fortuna al envidioso; no era hecho que mereciera competir en el premio.


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