Candido. Micromegas. Zadig
Candido. Micromegas. Zadig ASÍ, pues, a diario mostraba la sutileza de su genio y la bondad de su alma; se le admiraba, y sin embargo se le quería. Se le tenía por el más afortunado de los hombres, el imperio todo estaba lleno de su nombre; todas las mujeres le admiraban; todos los ciudadanos celebraban su justicia; los sabios le miraban como su oráculo; incluso los sacerdotes confesaban que sabía más que el viejo archimago Yebor. Muy lejos se estaba entonces de procesarle por los grifos; sólo creían lo que a él le parecía creíble.
Había en Babilonia una gran disputa, que duraba desde hacía quinientos años, y que dividía al imperio en dos tercas sectas: una pretendía que no se podía entrar en el templo de Mitra más que con el pie izquierdo; la otra abominaba esa costumbre, y sólo entraba con el pie derecho. Se esperaba el día de la solemne festividad del fuego sagrado para saber a qué secta favorecía Zadig. El universo tenía los ojos puestos en sus pies, y toda la ciudad estaba agitada y suspensa. Zadig entró en el templo saltando a pies juntillas, y demostró luego, con un elocuente discurso, que el Dios de cielo y tierra, que no hace acepción de personas, no le da mayor importancia a la pierna izquierda que a la derecha.
