Candido. Micromegas. Zadig
Candido. Micromegas. Zadig LA desgracia le llegó a Zadig por su felicidad misma, y sobre todo por sus méritos. Conversaba a diario con el rey y con Astarté, su augusta esposa. El encanto de su charla se duplicaba por el deseo de agradar que es al ingenio lo que el aderezo a la belleza; su juventud y gracias produjeron en Astarté una impresión de la que al principio no se dio cuenta. Su pasión crecía en el seno de la inocencia. Astarté se entregaba sin escrúpulos y sin temor al placer de ver y oír a un hombre caro a su esposo y al Estado; no dejaba de ponderarlo ante el rey; de él hablaba a sus damas, que abundaban aún más en alabanzas; todo servía para clavar aún más en su corazón el dardo que no sentía. Le hacía a Zadig presentes en los que entraba más galantería de la que ella pensaba; creía hablarle sólo como reina contenta por sus servicios; y a veces sus expresiones eran de mujer sensible.
