Candido. Micromegas. Zadig
Candido. Micromegas. Zadig DURANTE su viaje a Balzora, los sacerdotes de las estrellas habían decidido castigarlo. Las piedras preciosas y los adornos de las jóvenes viudas a las que enviaban a la hoguera les pertenecían por derecho; lo menos que podían hacer era mandar quemar a Zadig por la jugarreta que les había hecho. Acusaron pues a Zadig de tener opiniones erróneas sobre el ejército celeste; depusieron en contra suya, y juraron que le habían oído decir que las estrellas no se ponían en el mar. Esta horrenda blasfemia estremeció a los jueces; a punto estuvieron de rasgarse las vestiduras cuando oyeron aquellas palabras impías, y lo habrían hecho, sin duda, si Zadig hubiera tenido con qué pagarlas. Pero, traspasados de dolor, se contentaron con condenarlo a ser quemado a fuego lento. Setoc, desesperado, utilizó en vano su crédito para salvar a su amigo; pronto se vio obligado a callarse. La joven viuda Almona, que le había tomado mucho gusto a la vida, y que le estaba por ello muy obligada a Zadig, resolvió sacarle de la hoguera, cuyo abuso él le había dado a conocer. Dio vueltas en la cabeza a su proyecto, sin hablar de ello con nadie. Zadig debía ser ejecutado al día siguiente; no tenía más que la noche para salvarlo: así procedió, mujer caritativa y prudente. Se perfumó; realzó su belleza con las más ricas y hermosas galas, y fue a pedir audiencia secreta al jefe de los sacerdotes de las estrellas. Cuando estuvo ante aquel venerable anciano, le habló en estos términos: «Primogénito de la Osa Mayor, hermano del Tauro, Primo del Can Mayor (eran los títulos de este pontífice) vengo a confiaros mis escrúpulos. Mucho temo haber cometido un pecado enorme al no quemarme en la hoguera de mi querido marido. ¿Qué tenía yo, en efecto, que conservar? Una carne perecedera, ya toda marchita.» Diciendo estas palabras sacó de sus largas mangas de seda sus brazos desnudos, de forma admirable y de deslumbrante blancura. «Ved, le dijo, lo poco que vale.» El pontífice, en su corazón, encontró que aquello valía mucho. Sus ojos lo dijeron, y su boca lo confirmó: juró que en su vida había visto tan hermosos brazos. «¡Ay! le dijo la viuda, quizá estén los brazos algo menos mal que lo demás; pero confesaréis que el pecho no era digno de mis cuidados.» Dejó entonces ver el seno más encantador que la naturaleza jamás haya formado. Un capullo de rosa sobre manzana de marfil sólo habría parecido a su lado granza sobre boj, y los corderillos saliendo del lavadero habrían parecido de un amarillo pardusco. Aquel pecho, sus grandes ojos negros que languidecían brillando dulcemente con tierno fuego, sus mejillas animadas con la más bella púrpura mezclada al blanco de la más pura leche; su nariz, que no era como la torre del monte Líbano; sus labios que eran como orla de coral cerrando las más bellas perlas del mar de Arabia, todo aquello junto le hizo creer al anciano que tenía veinte años. Se declaró tiernamente balbuciendo. Almona, al verle tan prendido, le pidió la gracia de Zadig. «Desgraciadamente, dijo, bella dama, aunque os acordara su gracia, mi indulgencia de nada serviría, debe ser firmada por otros tres colegas míos. —Aun así, firme, dijo Almona. —Con mucho gusto, dijo el sacerdote, siempre que vuestros favores sean el precio de mi ayuda. —Me honráis demasiado, dijo Almona; si lo consideráis oportuno, venid a mi dormitorio tras la puesta del sol, en cuanto la brillante estrella Sheat esté en el horizonte, me encontraréis en un sofá color de rosa, y usaréis como os plazca de vuestra servidora.» Salió entonces, llevándose la firma, y dejó al anciano lleno de amor y de desconfianza hacia sus propias fuerzas. Empleó el resto del día en bañarse; bebió un licor compuesto de canela de Ceylán, y especias preciosas de Tidor y de Tenrate, y esperó con impaciencia a que apareciera la estrella Sheat.
