Candido. Micromegas. Zadig
Candido. Micromegas. Zadig CAMINANDO se encontró con un ermitaño, cuya barba blanca y venerable le llegaba hasta la cintura. Llevaba en la mano un libro que leía atentamente. Zadig se detuvo, y le hizo una profunda inclinación. El ermitaño le saludó con aire tan noble y tan dulce que Zadig tuvo curiosidad por conversar con él. Le preguntó qué libro leía. «Es el libro de los destinos, dijo el ermitaño; ¿queréis leer algo en él?» Puso el libro en manos de Zadig, el cual, aunque muy versado en varias lenguas, no pudo descifrar ni una sola letra del libro. Aquello redobló su curiosidad. «Me parecéis muy apenado, le dice aquel buen padre. —¡Ay! ¡y con razón!, dice Zadig. —Si me permitís que os acompañe, contestó el anciano, quizás pueda seros útil; a veces he derramado consuelo en el alma de los afligidos.» Zadig sintió respeto por el aspecto, por la barba, y por el libro del ermitaño. Encontró en su conversación luces superiores. El ermitaño hablaba del destino, de la justicia, de la moral, del bien soberano, de la debilidad humana, de virtudes y vicios, con elocuencia tan viva y tan conmovedora que Zadig se sintió llevado hacia él por un invencible hechizo. Le rogó insistentemene que no le dejara, hasta que estuvieran de vuelta en Babilonia. «Yo mismo os pido esa gracia, le dijo el anciano; juradme por Orosmade que no os separaréis de mí en unos días, haga lo que haga.» Zadig lo juró y marcharon juntos.
