Candido. Micromegas. Zadig
Candido. Micromegas. Zadig ZADIG, fuera de sí y como hombre a cuyo lado cayó un rayo, caminaba sin rumbo. Entró en Babilonia el día en el que los que habían luchado en la gran liza estaban ya reunidos en el gran vestíbulo de palacio para explicar los enigmas, y para contestar a las preguntas del gran mago. Habían llegado todos los caballeros, excepto el de la armadura verde. En cuanto apareció Zadig en la ciudad, el pueblo se congregó a su alrededor; los ojos no se cansaban de verle, las bocas de bendecirle, los corazones de desearle el imperio. El envidioso le vio pasar, se estremeció, y miró para otro lado; el pueblo lo llevó hasta el lugar de la asamblea. La reina, a quien se comunicó la llegada, se vio presa de temor y esperanza; la inquietud la consumía: no podía entender ni por qué estaba Zadig sin armas, ni cómo Itobad llevaba la armadura blanca. Un confuso murmullo surgió al ver a Zadig. Estaban sorprendidos y encantados de volver a verle, pero sólo se permitía aparecer en la asamblea a los caballeros que habían combatido.
«He combatido como los demás, dijo, pero otro aquí lleva mis armas; y, esperando a tener el honor de probarlo, solicitó permiso para presentarse a explicar los enigmas.» Se votó: su fama de probidad estaba aún tan fuertemente impresa en las mentes que no se dudó en admitirle.
