Candido. Micromegas. Zadig
Candido. Micromegas. Zadig De cómo una vieja cuidó de Cándido, y de cómo volvió a encontrar a lo que amaba
CÁNDIDO no se animó, pero siguió a la vieja hasta una casucha: ésta le entregó un tarro de pomada para que se la diera, le dejó comida y bebida; le mostró una camita bastante limpia; al lado de la cama había un traje completo. «¡Comed, bebed, dormid, le dijo, y que Nuestra Señora de Atocha, monseñor San Antonio de Padua y monseñor Santiago de Compostela cuiden de vos! Volveré mañana.» Cándido, asombrado aún por todo lo que había visto, por todo lo que había padecido, y más aún por la caridad de la vieja, quiso besarle la mano. «No es mi mano la que hay que besar, dijo la vieja; volveré mañana. Daos la pomada, comed y dormid.»
